¿Qué hacer frente a un niño o niña que llora cuando va al jardín?

Llantos-al-inicio-del-preescolar   Antes de esbozar algunas alternativas de manejo a esta circunstancia común en los niños y niñas, es importante señalar que actualmente los niños y niñas empiezan a asistir al jardín aproximadamente a los dos años,  edad en la que tienden aferrarse a las personas que les son familiares y presentan cierto rechazo para quedarse con personas que les son extrañas o poco conocidas.  

 

Esta característica es propia del desarrollo neurológico, y desde el punto de vista evolutivo, corresponde a una inclinación natural del infante por estar cerca de la madre y/o cuidador con el propósito de evitar cualquier riesgo o peligro. Dado que compartimos un porcentaje importante de nuestra genética con nuestros hermanos los “primates” así como con otros animales, este tipo de conducta es propia del instinto de supervivencia que los animales utilizamos para salvaguardar nuestra existencia, y la mejor manera de hacerlo mientras somos pequeños, es aferrándonos a nuestros cuidadores.

Por esta razón, los niños y niñas empiezan a experimentar este tipo de conducta social a partir de los 6 a 7 meses, momento en que los centros cerebrales vinculados al apego, a las emociones y las respuestas sociales, empiezan a tener mayor nivel de actividad.

Debido a lo anteriormente señalado, es natural que un niño presente algún tipo de resistencia el primer día de clases, así como los subsiguientes, debido a que se ve frente a personas desconocidas.

Una de las primeras recomendaciones para favorecer la adaptación de los niños y niñas al jardín, es que se les brinde la oportunidad de visitar el plantel antes del inicio de clases; esto último con la finalidad de ayudar a su proceso de adaptación y que puedan lograr un nivel óptimo de familiaridad con el ambiente, los docentes, los compañeros, etc.

Si estamos frente a un infante que continúa llorando a pesar de haberse familiarizado con el ambiente, sus compañeros y docentes, es recomendable evaluar la posibilidad de que algún familiar y/o persona cercana al niño se quede en el jardín acompañándolo los primeros días o semanas de clases para brindarle mayor nivel de seguridad. Salvo en casos de extrema necesidad, es preferible que la persona acompañante no se encuentre físicamente dentro del salón de clases, sino en una salita u otro lugar de espera cercano. Se debe permitir al niño o la niña acercarse a verificar su presencia las veces que sea necesario y lo importante es que el niño vuelva al salón de clases después de haber realizado la verificación, para lo cual se recomienda que la docente, antes de ir en búsqueda del familiar del niño, le señale: “Podemos ir a buscar a Teresa cuando tu sientas que así lo necesitas, pero luego volvemos al salón, estás de acuerdo?”.

En la medida que el niño se va integrando al grupo y al nuevo entorno, el acompañante puede retirarse de a pocos. Es importante que este proceso sea gradual y que el niño sepa con antelación que la persona que lo acompaña se va a retirar así como cuánto tiempo va a estar ausente. Es mejor no engañar al niño, ya que si llegase a descubrir el engaño, podría ser contraproducente y revertir el proceso de mejora, generándole inseguridad, ansiedad y desconfianza.

Una manera de preparar y ayudar al niño en este proceso es mediante algunas frases que se pueden mencionar antes de salir de casa por la mañana, que lo preparan mental y emocionalmente:

“Hoy voy a preparar este postre que te gusta”, y luego en el jardín se le puede decir: “Voy a salir a comprar los ingredientes para preparar tu postre”; o también: “Tomás, en la casa ya no hay tu yogurt, voy a salir a comprar para que cuando llegues a la casa puedas comerlo”; o también: “Fito (el perro) ya no tiene comida, Mamá debe ir a comprar su comida, sino va a tener mucha hambre”, etc. Estas son frases que ayudan al infante a tener un mejor manejo y control del tiempo, lo cual le brinda también seguridad.

Si el niño o la niña siguiese presentando dificultades para quedarse en el jardín, puede ser de ayuda el que pueda llevar algún objeto de casa que represente para él o ella una continuidad de su ambiente y seres queridos. Usualmente y de manera gradual, la necesidad de llevar el objeto va disminuyendo. Al inicio puede ser que el niño o la niña requiera que el objeto esté permanentemente a su lado, pero después de unos días, o semanas, el docente puede ir poniendo gradualmente límites, en el sentido de delimitar los espacios en los que el objeto pueda estar presente. Este proceso va mejorando en la medida en que el niño empieza a familiarizarse con el ambiente, con los objetos, con las personas, y va diversificando la atención inicial de su propio objeto hacia nuevos objetos.

Hay casos de niños y niñas que lloran mucho al llegar al jardín, así como otros que lloran ligeramente, y es importante señalar que, en cualquiera de los casos, es importante ayudar al niño emocionalmente a enfrentar esta transición de la casa al nido. Algunas prácticas que pueden ayudar son por ejemplo:

  • que el niño duerma las horas necesarias,
  • que se prepare al niño con mensajes positivos desde el día anterior,
  • que los días lunes se programen actividades más atractivas que el resto de días y que los niños puedan anticiparse a lo que va a suceder. Por ejemplo, es importante que los días viernes los niños lleven un comunicado, informando a los padres aquello que sus hijos van a realizar el día lunes, para que desde la casa, el día domingo, los padres puedan recordarle: “Mateo, mañana la profesora va a contar el cuento de “Theo el Pez Globo” y van a jugar con plastelinas. Quieres llevar tus moldes?”. Este tipo de abordaje ayuda mucho ya el niño se vincula cognitiva y afectivamente con las actividades del día lunes, y mentalmente y afectivamente va predispuesto y preparado. Esto mismo puede aplicarse al resto de días de la semana si es necesario.

Todas estas estrategias deben ir acompañadas de un adecuado vínculo entre el niño o niña y su docente, reflejando de parte de éste último, un buen nivel de empatía. Por ejemplo, una docente que recibe a un niño llorando, no debe mantenerse indiferente y dejarlo sentado hasta que se le pase el llanto. Los niños, a esta edad,  tienen dificultad para regular su estado emocional, ya que mentalmente los centros de auto control y manejo emocional están inmaduros. Debido a ello, el docente debe atender al niño, mostrarle afecto, hacerle alguna caricia, distraerlo, y motivarlo, señalando aquellos aspectos que pueden interesar al niño y desviar su atención hacia otro objetivo, como por ejemplo: “En tu carpeta hay nuevas plastilinas ¿quieres ir a verlas?, María ha traído un peluchito, ¿te gustaría que te lo preste?, ¡me ayudas a hacer las burbujas?, ¿me ayudas a regar las plantitas?”, etc.

Es muy importante ir formando, desde la más temprana infancia, la capacidad del niño para manejar y regular sus estados emocionales. Todo episodio en que el niño se vea afectado emocionalmente representa una oportunidad para enseñarle a conectarse con sus emociones, reconocer lo que está sintiendo y con la ayuda del adulto superar y sobrellevar éstas situaciones difíciles, de manera positiva. Vale decir que toda situación es una experiencia de aprendizaje y las vivencias positivas le darán al niño la seguridad suficiente para superar de manera exitosa nuevas situaciones. Siguiendo esta recomendación, un niño que llega llorando al colegio porque quiere quedarse con su mamá, puede recibir la siguiente orientación de parte de la docente:

“Mateo estás triste, y por eso estás llorando”.

Se le puede preguntar: “¿por qué?” Si el niño no es capaz de verbalizar la razón por la que está llorando, la docente puede poner en palabras la razón que ella considera puede estar afectándolo y señalar:

“Parece que estas triste porque quieres quedarte con tu mamá. ¿Qué te parece si para alegrarte me ayudas a regar las plantitas?; ¿qué te parece si te presto mis palitos; si pintas en la pizarra; si me acompañas a recibir a tus compañeros?, etc”.

Lo que el niño necesita en estas situaciones es afecto acompañado de alternativas para recuperarse del estado emocional en el que se encuentra. No es positivo dejarlo llorar sin brindarle ayuda, ya que este tipo de actitudes solo bloquea la oportunidad en él para desarrollar empatía. Si el adulto no es capaz de ponerse en el lugar del niño y de mostrarle interés y afecto, entonces no estamos brindando un buen modelo de referencia a partir del cual el niño o la niña puedan ir formándose en esta capacidad tan trascendental para su desarrollo y los seres que lo rodean.

Otro aspecto que los padres de familia deben tomar en cuenta, es evitar sobreproteger a sus pequeños. Si un niño es consentido todo el tiempo, si además no se le pone límites y se le deja hacer lo que quiere y en el momento que así lo quiere; si recibe ayuda todo el tiempo a pesar de estar en capacidad de realizar determinadas actividades por si solo; si evitamos que llore, se caiga o se frustre y a su vez, es el centro de atención, etc., entonces no lo estamos favoreciendo ni ayudando lo suficiente, sino más bien, estamos sentando las bases para que presente problemas de adaptación a otras personas y entornos.

Habiendo esbozado algunas formas de abordar esta circunstancia en la que los niños y niñas pueden ser ayudados para hacer frente a su adaptación al jardín, vemos que la familia y los docentes comparten una gran responsabilidad para trabajar conjuntamente en la tarea de atender la formación emocional en los niños siempre en una dinámica de mutuo apoyo y retroalimentación, para el bien del desarrollo integral de los niños y niñas. 

Psic. Janice Ferrand Seminario

Sub Directora, Perú

Fundación ELIC, Escuelas Libres de Investigación Científica para Niños

 

 

 

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